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Generosidad

martes, 2 de marzo de 2021Generosidad Nº66 - Marzo 2021

Boletín digital informativo sobre género y discapacidad

Opinión

No soy disminuida

Basura

Por Vicky Bendito

Vicky Bendito, periodista, por Félix RenedoMarie Heurtin, Hellen Keller, Frida Kahlo, Sarah Bernhardt, Emmanuelle Laborit, Gennet Corcuera, Ana Peláez, Teresa Perales, Marta Arce Irene Villa, Gloria Ramos, Ángela Ibáñez, Ana Fernández, Lary León, Nuria del Saz, Marta Valencia, Concha Díaz, Marta Castillo, Teresa Palahí, Virginia Felipe, Ángela Bachiller, Pilar Lima, Magdalena Valerio, Mercedes López, Carolina Alonso, Dolores Villalba, Ana Pollán, Belisa García, Eva González, Ana Gómez, Carmen Serrano, Susana Lázaro, Eva Puga, Alina Soto, Mariana Salas, Anhai Medina, Elena Díaz Funchal, Isabel de las Heras… Podría seguir llenando la página de nombres de mujeres con discapacidad que tienen carreras profesionales, que han llegado más lejos de lo que mucha gente imaginó, que viven su discapacidad con normalidad, que van haciendo camino para las mujeres del mañana, que son referente para las niñas de hoy. 
 
Escribo con enorme rabia y mucha impotencia estas líneas, estos nombres que cito, tras conocer una noticia tremenda, la de una mujer con discapacidad psíquica que fue rescatada de un contenedor soterrado en Marbella después de que dos jóvenes le dieran dos euros para que se metiese en él. 
 
La imagen, el suceso, es fiel reflejo de lo que mucha gente piensa aún de las mujeres con discapacidad: Somos un desecho que merece ir a la basura. No valemos más que para la mofa, el escarnio público, los trabajos peor pagados, para escondernos, para violarnos, para maltratarnos, para explotarnos, para tirarnos a la basura o para encerrarnos.
 
De esta información duele cómo lo cuenta (ella ‘sufre’, que no tiene, una discapacidad psíquica, y califica el suceso de ‘gamberrada’, una palabra que se queda muy corta para la infame tropelía que realmente es) y lo que cuenta: vive en la calle, la familia apenas tiene contacto con ella, pero va a denunciar y pedir su incapacidad para ingresarla en un ‘centro adecuado a su situación’, para institucionalizarla, en definitiva, para encerrarla. La solución de su familia, lejos de tratar de darle un espacio en la familia, es encerrarla. 
 
El ejemplo de tantas mujeres que diariamente muestran su valía y el esfuerzo de tantas madres y padres por hacer de sus hijas mujeres autónomas, independientes, con una profesión, libres, no son suficientes para acabar con las violaciones de los derechos de las niñas y mujeres con discapacidad que salen a la luz en un lento e incesante goteo en los medios de comunicación, a donde solo llegan los casos más terribles, normalmente casos fruto de una sociedad machista a la que le queda mucho trabajo por hacer. 
 
Porque, no nos engañemos, la falta de educación en igualdad, el machismo intrínseco en nuestra sociedad, es lo que ha llevado a esos chicos a hacer esa salvajada. Y que no me digan que ella solita aceptó los dos euros y que ella solita decidió meterse en el contenedor. Porque, no nos engañemos, aún hay familias que carecen de referentes y no ven mejor futuro para sus hijas, hermanas, parientas con discapacidad que la institucionalización. 
 
Ante esto, se antojan pocas las iniciativas para visibilizar la situación de las niñas y mujeres con discapacidad, las investigaciones con perspectiva de género y discapacidad, los proyectos para fomentar la inclusión en las escuelas y construir un mundo más igualitario y justo. Para eso, hay que deconstruir la sociedad machista en la que vivimos, porque eso, el machismo, es lo que hay que tirar a la basura.
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